EL OJO
ANFIBIO

29 · 07 · 2021

Josefina Penedo
Curaduría: Eduardo Stupía

ACERCA DE

ACERCA
       DE

EL OJO ANFIBIO

Esta muestra es el resultado de la convocatoria ̈Proyecto 3.2.1 ̈ que realizamos desde OdA en 2019 para impulsar el trabajo de jóvenes artistas en los primeros estadios de su carrera. El objetivo principal del programa es apoyar y promocionar su obra ofreciéndoles un espacio de exhibición y la mentoría con un referente del ámbito artístico. Desde la elección final del artista hasta la inauguración de la muestra, el proceso se completa con la selección de obra, instruido en el armado y montaje de la exposición. El proyecto contó con el apoyo del programa Mecenazgo que otorga el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires y el jurado de selección estuvo compuesto por Eduardo Stupía (artista), Verónica Gómez (artista) y Laura de San Martín (directora de la galería).

JOSEFINA PENEDO

Buenos Aires, 1989. Arquitecta y artista plástica, desde temprana edad comenzó a pintar y a introducirse en el mundo visual. Estudió arquitectura en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo UBA, y en paralelo se formó en distintos talleres de pintura y dibujo. Dentro de sus profesores más significativos se encuentran: Gustavo Rovira, quien supo transmitirle diferentes habilidades técnicas en óleo, acrílico y dibujo; Fabiana Barreda, quien abrió su imaginación y le enseñó acerca de grandes referentes en sus clínicas individuales de arte contemporáneo y Carolina Antoniadis quien supo inculcar la búsqueda de su propio camino artístico, incitando a los grandes formatos, sumergiéndose en el impacto visual de las obras y en el análisis del color. Creando mundos imaginarios de sensaciones y relatos, su obra sigue en continua transformación.

Texto

EL OJO ANFIBIO - Josefina Penedo

En algunas estaciones de la traslúcida y elegante morfología donde Josefina Penedo hace germinar las exuberantes floraciones, los brotes y erupciones de su híbrido reservorio, resuenan sobriamente los ecos de Monet, aunque hay en esta sintonía mucho más de herencia espiritual, y conceptual, que de fidelidad iconográfica. En recatada afinidad con el revolucionario abandono del punto de vista único para concebir el cuadro que el maestro de Giverny impuso en el extraordinario ciclo de Las Nenúfares, el abordaje que ensaya la artista quiebra toda hipotética arquitectura escénica del paisaje para proponer la lógica del plano rebatido.

A la vez, así como disuelve el soporte en los flujos y reflujos de una diáfana corriente inmóvil, donde sus vegetaciones se alzan en coreográficas poses, Penedo extrae de él cualidades alternativas, para convertirlo en una recámara subacuática de eléctrica reverberancia, donde se agolpan fulgurantes voluptuosidades que se reproducen en abisal orografía. También, con equivalente naturalidad, urde con enmarañados lujos el espectáculo de una quimérica jungla, conduciéndonos magnéticamente a la intimidad centrípeta de ese palaciego vergel.

La empatía, la impregnación sensible y reflexiva que Penedo confiesa con el agua, materia prima de la vida y de los sueños, es el combustible que nutre los camouflages de sus terrenales jardines diurnos, como los artificios policromos, celulares y tentacularios que hibernan en la placentaria sensualidad de un invisible líquido, con tonalidades de fosforescencia nocturnal. El espectador bucea entre simulacros de líquenes, erizos, rizomas inclasificables, o es el paseante que cautivado se detiene en las orillas trémulas de hipnóticos estanques, y la mirada es entrenada para respirar con idéntica plenitud y fascinación tanto en el aire como en las profundidades de esta misteriosa dualidad extraterritorial.

Eduardo Stupía, julio 2021